21 años

El año pasado quise escribir algo, cómo lo había hecho a los 15 años pero no me salió. Me hice las mismas preguntas que me hago desde hace 21 años, la pensé, y continué.

Pero este año es diferente, porque me di cuenta que hace 21 años crecí y maduré a la edad de 11 años, entendí el ciclo de la vida, el propósito y la muerte.

Si bien ya había fallecido una de mis abuelas, esa vez fue distinto. La muerte decidía llevarse una de mis amigas de siempre, las del jardín, las del cambio de escuela, la de la primaria, donde se quedó.

Mi amiga se accidentó un viernes a la tardecita en el club. Dios, el Universo, el Destino, la Muerte, quiso que yo no esté, ya había llegado a mi casa y dos de mis compañeros de escuela me fueron a avisar.

La trajeron a Rosario, estuvo internada 6 días, que fueron una eternidad y se fue. Justo al día siguiente de la visita de mis padres.

En esos 6 días, en los que rezábamos que se recomponga, yo ya había investigado en la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia, lo que significaba una muerte cerebral, un coma 2, un coma inducido, los daños, las probabilidades de vida y la calidad. Y recuerdo estar encerrada en el baño, prender la ducha para llorar, descargando todo mi ser y gritar: “¡Alfon! Yo te dejo ir”.

Yo tenía 11 años, ella 12 recién cumplidos. Recordé todos nuestros momentos desde jardín de 5. Evalúe su vida, su familia, le dije fuiste feliz y la deje ir.

El día que falleció íbamos con Caro al club y de repente todos salían en manada, nos miramos y llorando llegamos a la portada, nos comunicaron la noticia y nos quedamos abrazadas, enredadas entre las bicicletas.

Fue horrible, fue una de las primeras noches de insomnio total, de ansiedad. Necesitaba verla y despedirme físicamente de ella, pero yo, ya la había dejado ir.

Tristísima la despedida de todos niños vestidos con guardapolvos blancos y agarrados de las manos. Nosotros éramos unidos, esa tragedia, nos unió más. Los días 5 de cada mes juntábamos monedas, comprábamos flores y nos íbamos a sentar en ronda alrededor de ella.

Al principio llorábamos, no nos mirábamos y con el paso de los meses, nos fuimos acostumbrando y armando un ritual, que se cortó de adolescentes, pero hoy no es de extrañar, algún encuentro allí.

Y hoy me hago las mismas preguntas de siempre, que hubiese estudiado, donde estaría viviendo, si hubiese conocido a sus padres biológicos, si tendría hijos o sería de mi bando sinhi.

Pero sigo, porque yo la deje ir.

 

 

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