Un día de miércoles

“Siempre estamos a la deriva”- le dije a Jere hace unos meses atrás mientras comíamos algo en un bar.

Comprobado. Nunca todo está bien. Siempre hay algo que altera el equilibrio.

Ahora cuando todo más o menos se encaminaba, llamo para confirmar el horario del nuevo trabajo del lunes y me contestan que como yo no había llamado la semana pasada ya habían contratado a otra persona.

¡Yo no había llamado! Llamé tres veces y quedamos el lunes 30. ¿¡Cuánto más!?

Listo, me quedé sin trabajo fijo. Ya renuncié en el estudio y le dejé mi lugar vacante a mi mejor amiga. El otro estudio está por cerrar.

Por un lado mejor, tendré más tiempo para mis obras, para mis hobbies, para leer, para escribir. Pero por el otro lado, estoy a la deriva. En bancarrota total.

Muy poco ético lo que me hicieron. Pero por algo las cosas son. También empiezo a pensar en la maldición del estudio de siempre. Lo dejé una vez, viejo verde. Regresé. Lo dejé otra vez, quedé desempleada. No sé, da de pensar.

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