A Fer

Mil cosas debía hacer en 30 minutos, incluyendo cruzar la ciudad en bondi. Salí corriendo, casi volando para hacer el primero de los trámites.

La tarde estaba gris, nubosa y con un poco de humedad.

Iba tratando de escuchar música y no el latido fuerte e inaudito, hasta ese momento, de mi corazón.

A las dos cuadras me di cuenta que me estaba olvidando unos archivos.

Regresé.

Abrí la puerta y encontré a mi hermano con su amigo, en la misma posición de estudio que los había visto antes.

Cargué los archivos en el mp4.

Estaba girando la llave para irme, cuando oí las palabras: –“A vos que te gusta, se acaba de morir Peña”.

Respiré hondo y salí.

Comprendí el latido de mi corazón y la presión en mis venas cada vez que presiento que algo triste se avecina.

Comprendí el grisado del cielo.

Comprendí que ya nunca más, me iba a reír con la sinceridad y el brutalismo casual de este loco lindo que luchó demasiado para defender su vida en un mundo, donde parece que está prohibido ser como uno es.

Comprendí que la mejor manera de recordarlo es con una sonrisa.

Dejé caer unas lágrimas y procuré jamás olvidarme de su tono de voz.

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